Niños de la literatura latinoamericana (I)

Hay muchos niños y jóvenes que la literatura nos presenta en historias atemporales, más allá de Paco Yunque o Ernesto (en el caso del Perú) hay otros personajes que vale la pena recordar. Ellos han ilustrado con notas de color la vida de varias generaciones latinoamericanas. Comenzamos esta primera parte de una lista que seguirá creciendo en posteriores entregas.

Oshta (Oshta y el duende, Carlota Carvallo, Perú)
Oshta es el personaje principal que da título al cuento de Carlota Carvallo “Oshta y el duende”. Es un caso atípico porque antes que un personaje sensible, amable o sencillo es un niño más “real” en el sentido que es impetuoso y travieso, lo que lo llevará a caer víctima del duende.
En la historia Oshta sirve a la autora para dar una lección a los niños desobedientes (casi parece un cuento de advertencia), pero el castigo, para quien haya leído el cuento, es desproporcionado en relación a lo que Oshta hace “mal” (jugar con el duende). La idea de no perder el tiempo, de ser obedientes a nuestros mayores, se unen en una dramática historia que ya es un clásico de la literatura infantil y juvenil peruana.

Tito (Tito y el caimán, Francisco Izquierdo Ríos, Perú)

“Tito era manco de la mano derecha. Sin embargo era el más travieso del pueblo. Un gran pendenciero: con el muñón golpeaba a medio mundo, nunca estaba quieto.” Así empieza uno de los clásicos cuentos de Francisco Izquierdo Ríos, narrador que retrata la selva peruana y sus costumbres, maravillas y peligros. Precisamente este cuento se convierte en uno de los más sencillos y hermosos relatos que muestran la valentía de un muchacho que, como lo señala las líneas iniciales, es inquieto y travieso incluso después de su desgracia. Izquierdo parece decirnos que el espíritu salvaje y vital que anima a la selva peruana es difícil de vencer, más aún en un niño que respira ese aire cada día. “Ese es Tito”, terminó su relato el maestro, señalando al muchacho que sonreía satisfecho

Raimundo (La tierra de los niños pelados, Graciliano Ramos, Brasil)
“Había un niño que era diferente de los otros niños. Tenía el ojo derecho negro, el ojo izquierdo azul y la cabeza pelada”. Por ser diferente era objeto de burla de sus vecinos, que cuando lo veían se escondían por los árboles y con voz burlona le preguntaban quién se había llevado sus cabellos y cómo es que alguien lleva en la cara los ojos de dos criaturas diferentes.

Raimundo entristecía al sentirse rechazado, hasta que un día encontró Tatipirun, un lugar donde los niños son iguales a él, y los árboles, las arañas y los autos hablan, donde la reina era una niña como él y nadie se asombraba o burlaba de su aspecto físico. Las aventuras que vive Raimundo en Tatipirun, sin duda, las habría querido vivir cualquier niño, aunque sea diferente a él.

Pilluela (“La partida del osado navegante”, Primeras historias, João Guimarães Rosa, Brasil)
“¿Sin saber del amor, se pueden leer las novelas grandes”, “¿Cito, tiburón es ‘desvariado’, ‘explícito’ o ‘demagogo’?”, son las preguntas comunes de esta niña, diferente también, pero por su forma de decir lo que ve. “Porque le gustaba, poetisa, importar esos serios nombres, que alumbraban largo clarón en lo obscuro de nuestra ignorancia”. Le gustaba contar a sus hermanos la historia del “Asado navegante”: “Él amaba a una muchacha delgada. Pero el mar vino, en viento, y se llevó su navío con él adentro, escrutinio. El Asado Navegante no podía nada, sólo el mar, bravo de alrededor, preliminar. El Asado Navegante se acordaba mucho de la joven. El amor es original…”

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