22 de julio: Día internacional del Flautista de Hamelín y Día nacional de Ladislao el flautista

1. Vértice que junta

El día 22 de julio para unos y el 26 de junio, para otros, es el Día del Flautista de Hamelin, nombre del pueblo alemán en donde ocurrieron lo sucesos que narra la leyenda y que, en el fondo, pone de relieve el mundo encantado y mágico de que estamos hechos.
El texto que sustenta este argumento tiene el carácter de leyenda pero también de crónica histórica, puesto que el pueblo es real, el tiempo en que ocurrieran los hechos está puntualizado y existen registros históricos que dan cuenta de este suceso, que incluye la desaparición de 130 niños, vértice en que mundo mágico y objetivo se juntan.
Narra aquella historia de El Flautista de Hamelin que en el año 1284 invadieron aquel pueblo tantos ratones que las calles era un oleaje de color parduzco de roedores que devoraban todo a su paso no dejando sitio para el tránsito de los habitantes de ese apacible lugar.

2. Cruzó el río

¿Qué hacer? ¡Nadie sabía cómo solucionar tremendo problema!
Pero apareció providencialmente, ¡no se sabe cómo!, un flautista de aire distraído, de ropa estrafalaria y esmirriado de contextura, que interpretaba tonadas en su precario instrumento y que por la suma de 100 monedas de oro prometió que solucionaría este inconveniente.
Le aseguraron que le pagarían la cantidad solicitada sin demora. Y empezó entonces a interpretar una música mágica y a caminar tranquilamente. Detrás los ratones lo seguían como halados por una fuerza invisible, extasiados e inatajables.
Cruzó el río y los ratones por seguirlo se arrojaban subyugados a las aguas no quedando ni uno solo vivo.
Pero los habitantes de Hamelin dijeron: “¿Sólo por tocar una tonada 100 monedas de oro?” “¡No!, de ninguna manera. ¡Imposible!” “¿Qué se ha creído este? ¡Que se largue! ¡Fuera! ¡Vete!”, vociferaban.

3. Mundo arrobado

El flautista regresó otro día y empezó a entonar otra melodía mágica que despertó solo a los niños de los lechos donde dormían y todos hechizados lo siguieron.
Solo uno, que era ciego y otro lisiado de una pierna, se quedaron rezagados y no pudieron alcanzarlo, sin saber tampoco el sitio por el cual desaparecieron hasta el día de hoy en que se los busca sin poder encontrarlos.
De esto hace 727 años, hecho que ocurrió un 22 de julio, dicen unos y, otros, el 26 de junio, fechas que la historia ha registrado, vértice además en que mundo objetivo y fantástico se unen, se confunden y traban, juntos, un enigma irresoluto.
El Perú, tanto como realidad concreta y objetiva, que a menudo es hiriente y duele tanto, es mucho más realidad incluso en su dimensión mágica, ¡mundo arrobado, abrupto e intempestivo!

4. Se sumen en un silencio

Es en conmemoración a estos hechos y contenidos, que proponemos la celebración del Día de Ladislao el Flautista cuyo autor es el maestro y escritor Francisco Izquierdo Ríos, como reflexión y homenaje a su autor sobre el tema de la educación y la cultura en nuestro país:
“Ladislao, el flautista” es donde se pone el dedo en la llaga de manera conmovedora de la exclusión de la escuela y el contrapunto entre educación y cultura.
Ladislao es el niño trabajador que asedia y reta a la escuela la que finalmente no logra captarlo o retenerlo en su seno.
Todos se sumen en un silencio arrobado cuando escuchan su flauta que podría estar simbolizando el arte y la cultura que merodean la escuela por las pircas y breñales.
De esta manera y en una estructura límpida y sencilla estaría planteando la contradicción aún no solucionada entre la escuela formal y la escuela de la vida. He aquí, a continuación, el cuento:

LADISLAO EL FLAUTISTA
Francisco Izquierdo Ríos
¡El corazón de los niños estaba en suspenso!
– ¿Oyes, maestro?
– ¿Qué?
– Flauta.
Y toda la clase se sume en religioso silencio.
A cual más, los muchachos tratan de oír, levantándose de las carpetas.
– ¡El Ladislau!
– ¡Sí, el Ladislau!
– Sólo el Ladislau, maestro, sabe tocar así la flauta.
– No puede ser Ladislao, niños. Su padre… hace poco, me ha dicho que está ausente y que ya no regresará al pueblo. Ha ido a Chachapoyas, donde su madre.
– El Ladislau es, señor. Ha llegado ayer, al anochecer, con la lluvia. Yo lo he visto.
La escuela es ya un revuelo.
En todos los labios tiembla el nombre de Ladislao. Y una profunda ola de simpatía cruza la escuela de banda a banda.
– El Ladislau es, señor… Allí está su cabeza.
– Sí, maestro. Allí está, véalo, véalo usted. Está mirando por el cerco.
Efectivamente, la cabecita hirsuta de Ladislao aparecía por sobre el pequeño cerco de piedras de la escuela.
– Zamarruelo… Vayan a traerlo.
Y tres de los muchachos más grandes de la clase van como un rayo en su busca, y después de un rato vuelven sin haber podido coger a Ladislao. Y sólo dicen:
– Señor, se escapó a todo correr, como un venado, por el monte.
– ¡Qué raro!–exclama el maestro. Ladislao se está volviendo vagabundo. ¡Qué lástima, un buen muchacho!
Y todos recuerdan con pena al compañero que tantos deliciosos momentos dio a la escuela con su arte. Parecía que Ladislao hubiera nacido con el divino don de tocar la flauta y de hacer flautas de carrizo como nadie.
Todos recuerdan aún que, cuando un grupo de comuneros del pueblo salió a explorar la verde e inmensa selva que empieza al otro lado del cerro, fue él quien iba adelante tocando la flauta, acompañado en el tambor por Macshi, otro muchachito, hasta la loma de las afueras, donde se despidió a los valientes exploradores. Y, además, todos recuerdan nítidamente su inseparable poncho raído, con color de tierra ya por el demasiado uso, y su cabeza enmarañada y rebelde como los zarzamorales de las quebradas.
– El Ladislau se ha vuelto así diz, maestro, porque mucho le pega su madrastra.
– Sí, algo he sabido. ¡Pobre muchacho!
– A mí me ha contado así, señor, llorando…
– Por eso diz que vive así, señor, andando por todos lados, por todos los pueblos.
– Ahora diz, señor, no ha llegado a la casa de su padre. Ha llegado donde la mama Grishi.
– Su padre ya ni cuenta hace de él diz, señor. Lo ve como un extraño.
– Y ahora diz, maestro, se va a vivir ya en la mina.
– ¿En las minas de sal?
– Sí diz, señor.
– ¿Y su madre?
– Diz, señor, que está enferma en Chachapoyas y, precisamente, él quiere trabajar para ayudarla.
– Y por eso diz, maestro, ya no vendrá más a la escuela.
En ese momento, volvieron a oírse lejanas notas de flauta que como sollozo de niño abandonado hacían florecer en la escuela todo un rosal de emoción perfumada de tristeza.
¡El corazón de los niños estaba en suspenso!
En la huerta, bañada por la luz de oro de un jovial sol mañanero, hasta los finos álamos parecían agobiados de pena.
Ladislao el flautista, se alejaba para siempre de la escuela.

Texto que puede ser reproducido citando autor y fuente

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