Animación a lectura. A propósito del Cid Campeador

Cuando se trata de animar a leer no hay fórmula que valga. Lo que sí vale es la creatividad en poner en marcha toda nuestra manera de contagiar a la lectura y hacer que los lectores encuentren lo que se considera esencial. Para educar a la lectura valen los ingredientes.

Decía George Steiner «Si tomamos en serio nuestro trabajo, tendremos que enseñar a leer. Tendremos que enseñarlo desde el más humilde nivel de rectitud […] la enseñanza, la transmisión del tenso deleite ante la palabra debe hacerse orgullosamente, con amore […] si no se hace, si se interrumpe por mezquindad o por negligencia, el “texto” dejará de ser lo que, para algunos de nosotros, debe ser: la circunstancia vital, el “contexto” que da forma a nuestro ser» (1976: 36)

Con amore se educa a la lectura, pero esta acción de «educar a» pone en relieve, además, lo que entendemos cuando hablamos de lectura y más aún sobre su enseñanza, que se ha convertido ya en un «arte particular», a decir de Steiner, dada la enorme producción editorial, y la «serie» de propuestas para el acercamiento a los libros, que muchas veces terminan haciendo de la lectura un acto superficial.

¿Cómo es que en el camino del lector infantil se ha producido toda esta de-generación de la lectura? Si nuestro lector en formación requiere de un acompañamiento en su trayecto, ya que se espera que haya una valorización autónoma de la lectura, ¿cómo debe ser concebida la mediación para que no haya lectores desertores?, ¿cómo debemos aprovechar otros bosques narrativos ofrecidos por el mundo contemporáneo para llegar a su sensibilidad y educarlos a la lectura? Y, sobre todo, ¿cómo logramos que pasen, migren, del espacio de la comprensión textual al de la vida?

Camino del Cid

El Cantar del mío Cid, el más antiguo monumento literario de España, encierra valores históricos, lingüísticos, literarios y nacionales. Encierra, asimismo, para todos los pueblos herederos del legado de la cultura hispánica el valor de un símbolo: el Cid no es un ser mítico dotado de poderes sobrenaturales, sino un hombre como los demás que por sus virtudes se elevó al heroísmo. Es el último héroe, como bien ha señalado Menéndez Pidal, porque su asombrosa vida se mueve entre la realidad y la leyenda. «En el Cid se reflejan las más nobles cualidades del pueblo que le hizo su héroe: el amor a la familia, que anima la ejecución hasta las más altas y absorbentes empresas; la fidelidad inquebrantable; la generosidad magnánima y altanera aún para con el Rey; la intensidad del sentimiento y la leal sobriedad de la expresión».

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